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Sitio de la Organización del Bicentenario 2010
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Durante la época de la Independencia, se prolongaron las formas y centros de la actividad musical, iniciándose un movimiento hacia lo publico y maneras menos sectoriales de la actividad y consumo de las músicas.
Cuando San Martín llega a Mendoza, estaba ya instaurado el nacimiento del nuevo paradigma de una nación independiente, junto al compromiso del intelectual de ingresar al nuevo mundo del conocimiento y lo moderno. El primer apoyo oficial que recibió la música en Mendoza, resulto ser castrense, motivado por la organización del Ejercito Libertador, y debido a la necesidad -entendió el Gral. San Martín-, que cada batallón contara con su banda militar, hecho este que utilizo para engañar a los realistas utilizando tácticas de inteligencia militar previas a la liberación del Perú. Como cada batallón tenia por uso y costumbre su banda de música, San Martín ordeno encender docenas de fogatas en su campamento, ordenando dispersar a los músicos de sus únicas dos bandas militares en cada fogón y realizar retretas (practicas al aire libre). De esta forma el enemigo contabilizaba el poderío de su ejercito, acorde al numero de bandas militares que ensayaban alrededor de cada hoguera. La música popular, recibió de las bandas del Ejercito Libertador un aporte invalorable que podemos analizar en tres aspectos : 1)- El intercambio del repertorio musical con otros países. 2)- El crecimiento y fortalecimiento profesional de los músicos, a partir de la experiencia. 3)- La asimilación de otras culturas musicales halladas en los territorios liberados. La costumbre en Mendoza de recibir expresiones musicales en lugares públicos se inició con las retretas de los Domingos. Las bandas de los Regimientos N°8 a cargo de Matías Sarmiento y la N°11 donada por el terrateniente Vargas conformada íntegramente por esclavos negros y analfabetos que debieron aprender música en Buenos Aires, fueron los responsables de dar a conocer el repertorio clásico, así como el de danzas y canciones tradicionales de otros pueblos, contribuyendo de esta manera a la formación de una percepción colectiva y simultánea de estos hechos musicales. Las retretas llevadas a cabo por estas bandas, resultaron la herramienta primaria para la construcción de una nueva percepción urbana y participativa en la cuestión musical, así como en la formación de un público desde una nueva postura, la del ciudadano común, que resulto ser el eje de la gesta.
Las bandas de música del Ejército de los Andes merecieron elogiosos comentarios en Chile y Perú. Damián Hudson en sus Recuerdos Históricos menciona estos grupos en referencia al juramento de la bandera en Mendoza: «A la hora conveniente el ejército de gran parada, se puso en marcha dirigiéndose a la plaza al son de cuatro músicas militares que poseían los cuerpos de infantería y de las bandas de cornetas de la caballería... las aclamaciones del pueblo se sumaron a las marciales armonías de las bandas de música, de tambores y clarines...». El mismo autor describe la partida de Mendoza del Ejército de los Andes, el 20 de enero de 1817: «Un inmenso pueblo estaba allí reunido para dar el adiós al ejército. Este salió de su campo de instrucción, llenando el aire con marciales acentos de sus músicas militares, de sus numerosas bandas de tambores y clarines, cuyos ecos repercutían en el pecho de cada uno de aquellos valientes. Al romper la marcha aquél, atronó el ámbito del campamento con vivas a la patria, al Ejército de los Andes, levantando en alto sus sombreros y pañuelos, mientras las ordenadas e imponentes columnas se alejaban y se perdían a lo lejos...».
Las bandas más famosas del ejército de San Martín fueron las del batallón Nº8, que dirigía Matías Sarmiento, y la del batallón Nº11, que había obsequiada a San Martín el señor Rafael Vargas, acaudalado hacendado mendocino. En 1810 el señor Vargas había enviado a Buenos Aires a 16 de sus esclavos negros para que se les enseñara la música de instrumentos de viento, encargando a su apoderado que hiciera traer de Europa -Bélgica- instrumentos, música y uniformes, que posteriormente terminarían utilizando en la gesta. Después de cuatro años regresaron a Mendoza formando una banda de muy regular capacidad. Se supone que estos esclavos fueron alumnos de Víctor de la Prada, que en 1810 dirigía una academia de música instrumental en Buenos Aires - Correo de Comercio del 24 de marzo de 1810-. El General Jerónimo Espejo, en su libro El paso de los Andes, expresa: «Cuando en 1816 San Martín realizó la expropiación de los esclavos, el señor Vargas le obsequió la banda completa con su vestuario, instrumental y repertorio de música». El músico chileno José Zapiola en su libro de memorias. Recuerdo de Treinta Años, aporta detalles sumamente interesantes sobre las bandas del ejército libertador.
En 1817 entró en Santiago el ejército que, a las órdenes del Gral. San Martín, había triunfado en Chacabuco. Este ejército trajo dos bandas regularmente organizadas, sobresaliendo la del Batallón Nº 11, compuesto en su totalidad de negros africanos y de criollos argentinos, uniformados a la turca. Cuando, días después de la batalla de Chacabuco, se publicó el bando que proclamaba a don Bernardo O'Higgins, Director Supremo de Chile, el pueblo, al oír aquella música creía estar en la gloria, según decía. Estas bandas eran superiores a la única que tenían los realistas en el batallón Chiloé que era detestable. Uno de estos conjuntos marchó al Sur con el Batallón N° 11; la otra del Batallón Nº 8, quedó en Santiago. Mi afición a la música me hacía asistir a todas las horas en que esta banda funcionaba. Los oficiales me miraban como si perteneciera al batallón. Contraje amistad con el músico mayor, Matías Sarmiento, que tocaba el requinto y enseñaba a la banda instrumento por instrumento, haciendo oír a cada uno su parte por separado y siendo el único que sabía algo de música pues todos la ignoraban y aprendían de oído lo que él les repetía. Este modo de aprender es muy difícil para quien enseña y aprende; pero la costumbre había facilitado la tarea; a lo que debe agregarse que las piezas que se ejecutaban eran de poca extensión, consistiendo mayormente en marchas, paso doble y valses. El flautín de la banda me había enseñado a reconocer los signos y algo de la escala de la flauta. En cuanto a los valores, los ignoraba completamente y nada pude aprender en esa etapa. Sarmiento antes de enseñar a los demás, tenía que estudiar el primero y el segundo clarinete; el resto de los instrumentos acompañaban en la forma en que podían, y como leía la música con mucho trabajo, yo que me ponía a su lado cuando estudiaba y le seguía con la vista en el infinito número de veces que tenía que repetir cada frase. Aprovechaba para mí el prolijo estudio que él hacía. En 1820 ya era tambor mayor del Batallón N° 8 el sargento Moyano, cuya fisonomía estaba marcada por un horroroso chirlo que le atravesaba todo un lado de la cara. Este sargento tuvo parte principal en la entrega de las fortalezas del Callao, lugar donde fuera fusilado el heroico negro Falucho
En el Museo Histórico Nacional de Santiago de Chile se conserva un óleo que representa la Batalla de Chacabuco, obra del pintor losé Tomás Vandorse del año 1863. En este trabajo se observa la Banda del Batallón N°8, integrada por unos 30 músicos, todos negros y colocados detrás del batallón, cargando a los realistas en pleno momento de la batalla.
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